padre e hijo felices mirándose mutuamente

Presentamos un caso práctico. Una historia real sobre cómo unos padres impulsaron el desarrollo de su hijo, observando, conociendo y cambiando, poco a poco, la visión que tenían acerca del niño.

EDUCACIÓN EMOCIONAL

Como tú veas a tu hijo, será como él se vea a sí mismo

Cómo influye la imagen que tenemos de nuestros hijos en su desarrollo psicoemocional

Cómo la imagen que tenemos de nuestros hijos afecta a nuestros hijos

Leyendo el libro de los 7 hábitos de la gente altamente efectiva (de Stephen Richards Covey), encontré una historia narrada por los autores -desde su propia experiencia personal, como padres- que es muy ilustrativa y de la cual se puede aprender mucho sobre el tema de este artículo.

Esta historia nos ayuda a reflexionar sobre cómo afecta a nuestro hijo  lo que pensamos de él. Es decir,  cómo vemos a nuestro hijo, determina e influye, enormemente, en cómo nuestro hijo puede desenvolverse en la vida. Estas creencias las manifiestan los padres inconscientemente y los niños las aprenden e interiorizan -también inconscientemente- desarrollando, con los años, una imagen de sí mismos y de la vida relacionada con esa visión parental. Así, si un niño percibe que sus padres lo ven como alguien competente, inteligente, bueno, con valores, y ha recibido un trato en el cual  los padres le enviaban ese tipo de mensajes, ese niño desarrollará una autoestima y unas ideas acordes a la educación parental que ha tenido.

Este hecho nos hace prestarle especial atención a cómo vemos las posibilidades de nuestro hijo, a cómo creemos en él y en sus capacidades. Pues nuestras creencias en ellos terminaran siendo, en mucha parte, creencias propias.

Muchas veces, al educar a nuestro hijo, pensamos que el niño sólo aprende aquello que decimos con la palabra o aquello que nos ve hacer, pero nunca se nos ocurre pensar que también aprende aquellas creencias que nosotros hemos guardado generación tras generación, como si de una herencia “culturo-familiar” se tratase, ¡ojo con esto! 

Una de las formas más importantes que tenemos los padres y maestros de ayudar a los niños en su educación, es mediante un ejercicio de autoconocimiento para tomar consciencia de la imagen que tenemos de ellos. De esta forma, podremos transmitirles, desde el corazón y con confianza, una imagen de ellos que impulse su crecimiento y desarrollo psicoemocional. Mientras tanto, los niños irán adquiriendo su propia capacidad de volar libres y responsables.

Muchas veces es cuestión de aprender a soltar, añde librarnos de los miedos que son innecesarios y aprender a confiar en nuestros hijos y en la vida. 

Historia de unos padres que hicieron un trabajo maravilloso con su hijo  

[…] “Hace unos años, mi esposa Sandra y yo nos enfrentábamos con una preocupación de este tipo. Uno de nuestros hijos pasaba por un mal momento en la escuela. Le iba fatal con el aprendizaje, ni siquiera sabía seguir las instrucciones de los tests, por no hablar ya de obtener buenas puntuaciones. Era socialmente inmaduro, y solía avergonzarnos a quienes estábamos más cerca de él. Físicamente era pequeño, delgado, y carecía de coordinación (por ejemplo, en el béisbol bateaba al aire, incluso antes de que le hubieran arrojado la pelota). Los otros, incluso sus hermanos, se reían de él. A Sandra y a mí nos obsesionaba el deseo de ayudarlo. Nos parecía que, si el «éxito» era importante en algún sector de la vida, en nuestro papel como padres su importancia era suprema. De modo que vigilamos cuidadosamente nuestras actitudes y conducta con respecto a él, y tratamos de examinar las suyas propias.

Procuramos mentalizarlo usando técnicas de actitud positiva

«¡Vamos, hijo! ¡Tú puedes hacerlo! Nosotros sabemos que puedes. Toma el bate un poco más arriba y mantén los ojos en la pelota. No batees hasta que esté cerca de ti».

Y si se desenvolvía un poco mejor, no escatimábamos elogios para reforzar su autoestima.

«Así se hace, hijo, no te rindas».

Cuando los otros se reían, nosotros nos enfrentábamos con ellos.

«Déjenlo en paz. Dejen de presionarlo. Está aprendiendo».

Y nuestro hijo lloraba e insistía en que nunca sería nada bueno y en que de todos modos el béisbol no le gustaba. Nada de lo que hacíamos daba resultado, y estábamos realmente preocupados. Advertíamos los efectos que esto tenía en la autoestima del niño. Tratamos de animarlo, de ser útiles y positivos, pero después de repetidos fracasos finalmente hicimos un alto e intentamos contemplar la situación desde un nivel diferente.

Cuando Sandra y yo hablamos sobre los conceptos que estaba enseñando en la IBM, y acerca de nuestra propia situación, empezamos a comprender que lo que hacíamos para ayudar a nuestro hijo no estaba de acuerdo con el modo en que realmente lo veíamos.

Al examinar con toda honestidad nuestros sentimientos más profundos, nos dimos cuenta de que nuestra percepción era que el chico padecía una inadecuación básica; de algún modo, un «retraso». Por más que hubiéramos trabajado nuestra actitud y conducta, nuestros esfuerzos habrían sido ineficaces porque, a pesar de nuestras acciones y palabras, lo que en realidad le estábamos comunicando era:

«No eres capaz. Alguien tiene que protegerte».

Empecé a comprender que esta ética de la personalidad era la fuente subconsciente de las soluciones que Sandra y yo estábamos tratando de utilizar con nuestro hijo. Al pensar más profundamente sobre la diferencia entre las éticas de la personalidad y del carácter, me di cuenta de que Sandra y yo habíamos estado obteniendo beneficios sociales de la buena conducta de nuestros hijos, y, según esto, uno de ellos simplemente no estaba a la altura de nuestras expectativas. Nuestra imagen de nosotros mismos y nuestro rol como padres buenos y cariñosos eran incluso más profundos que nuestra imagen del niño, y tal vez influían en ella. El modo en que veíamos y manejábamos el problema implicaba mucho más que nuestra preocupación por el bienestar de nuestro hijo. Cuando Sandra y yo hablamos, tomamos dolorosamente conciencia de la poderosa influencia que ejercían nuestro carácter, nuestros motivos y nuestra percepción del niño.

Sabíamos que la comparación social como motivación no estaba de acuerdo con nuestros valores más profundos y podía conducir a un amor condicionado y finalmente reducir el sentido de los propios méritos de nuestro hijo. De modo que decidimos centrar nuestros esfuerzos en nosotros mismos, no en nuestras técnicas sino en nuestras motivaciones más profundas y en nuestra percepción del niño. En lugar de tratar de cambiarlo a él, procuramos apartarnos —tomar distancia respecto de él— y esforzarnos por percibir su identidad, su individualidad, su condición independiente y su valor personal”.

Gracias a esta profundización en nuestros pensamientos y al ejercicio de la fe y la plegaria, empezamos a ver a nuestro hijo en los términos de su propia singularidad. Vimos dentro de él capas y más capas de potencial que iban a dar sus frutos con su propio ritmo y velocidad. Decidimos relajarnos y apartarnos de su camino, permitir que emergiera su propia personalidad.

Vimos que nuestro rol natural consistía en afirmarlo, disfrutarlo y valorarlo.

También elaboramos conscientemente nuestros motivos y cultivamos las fuentes interiores de seguridad con el fin de que nuestros sentimientos acerca del propio mérito no dependieran de la conducta «aceptable» de nuestros hijos. Cuando nos deshicimos de nuestra antigua percepción del niño y desarrollamos motivos basados en valores, empezaron a surgir nuevos sentimientos. Nos encontramos disfrutando de él, en lugar de compararlo o juzgarlo. Dejamos de tratar de hacer con él un duplicado de nuestra propia imagen o de medirlo en comparación con ciertas expectativas sociales. Dejamos de manipularlo amable y positivamente para que se adecuara a un molde social aceptable. Como lo considerábamos fundamentalmente apto y capaz de afrontar con éxito la vida, dejamos de protegerlo cuando sus hermanos y otros pretendían ridiculizarlo. Había sido educado a la sombra de esa protección, de modo que atravesó algunas etapas dolorosas, que él expresó a su manera y que nosotros aceptamos, pero a las que no siempre respondimos.

«No necesitamos protegerte —era el mensaje tácito— Básicamente, puedes valerte por ti mismo».

A medida que pasaban semanas y meses, fue desarrollándose en él una tranquila confianza; se estaba afirmando a sí mismo. Maduraba según su propio ritmo y velocidad. Empezó a sobresalir rápida y bruscamente, en comparación con criterios sociales —académicos, sociales y atléticos—, yendo mucho más allá del llamado proceso natural de desarrollo.

Con el paso de los años, lo eligieron varias veces líder de grupos estudiantiles, se convirtió en un verdadero atleta y traía a casa las notas más altas. Desarrolló una personalidad atractiva y franca que ahora le permite relacionarse tranquilamente con todo tipo de personas. Sandra y yo creíamos que los logros «socialmente impresionantes» de nuestro hijo era una expresión accesoria de los sentimientos que experimentaba respecto de sí mismo más que una mera respuesta a las recompensas sociales. Ésta fue una experiencia sorprendente para Sandra y para mí, muy instructiva en el trato con nuestros otros hijos, y también en otros roles. […]

Los salmos expresan a la perfección nuestra convicción: «Busca tu propio corazón con diligencia pues de él fluyen las fuentes de la vida».

Análisis de la historia y reflexión final

A veces pensamos que estamos enviando un mensaje y, realmente, estamos enviando justo el contrario.

Los papás del niño, en este caso, estaban comunicándose con su hijo enviando mensajes verbales de empoderamiento y, simultáneamente, de sobreprotección.

La sobreprotección que ejercemos sobre nuestros hijos es debida a miedos internos nuestros. Y estos miedos muchas veces son debidos a que no confiamos en que nuestro hijo sea capaz de realizar él sólo determinadas tareas, cuando en realidad sí es capaz de realizarlas. También puede ser debido a que la visión que tenemos acerca de la vida es de que ésta es demasiado difícil, demasiado peligrosa y, por ello, debemos ser los protectores de nuestros hijos.

El ejercicio de autoconsciencia que hicieron estos padres acerca de la imagen que tenían de su hijo fue una labor asombrosa e increíblemente importante a la hora de educar a su hijo.

Un trabajo de autoconsciencia y autoconocimiento siempre, siempre, está presente en una buena educación. Nuestra comunicación es mucho más que la palabra. Nuestra comunicación es aquello que inconscientemente pensamos y sentimos, y así es como se lo transmitimos a nuestros hijos.

Por una educación consciente.

Este artículo ha sido elaborado por el Equipo de Redacción de RazonesyEmociones.com

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